Por Nerea Azkona
He acabado de escribir la tesis. No puedo describir la alegría que siento. Han sido tres años de investigación que al final se han concretado en unas trescientas hojas en las que hay más que palabras escritas. Hay compromiso, hay muchas noches en vela, hay inseguridades superadas, miedos disimulados, muchas horas de lectura, atrevimiento en los métodos, creatividad en la expresión, y tres años de mi vida dedicados a ella como prioridad.
Estoy contenta, sí, pero el hecho de terminar la tesis trae consigo otro tipo de preocupaciones que hace unos años no estaban. ¿Qué voy a hacer después de defenderla? La preocupación no viene exactamente por la cantidad ilimitada de ofertas que se nos presentan cuando acabamos esta etapa. No. Más bien lo contrario. El mercado de trabajo para las personas que nos hemos especializado en la investigación, ya no te digo la investigación en ciencias sociales, se reduce a la nada en los tiempos que corren.
En los trabajos técnicos no te cogen porque llevas años dedicándote a la investigación más solitaria que existe en el mundo, así que no somos las candidatas perfectas para trabajar en ONGDs como técnicas; y no hay puestos docentes ni de investigación en la Universidades que cubran la demanda de las personas que se doctoran cada año.
Claro que hablo del Estado español. Porque Latinoamérica se presenta como El dorado en términos de puestos de trabajo para doctores y doctoras en ciencias sociales. Por lo que, la incertidumbre se convierte en una duda: ¿Me piro e investigo cobrando un sueldo que se corresponde con la mano de obra que estoy ofreciendo o me quedo y aspiro a trabajar, si acaso, en algo que no está relacionado con toda mi trayectoria profesional anterior? Porque el tiempo que hemos dedicado a investigar y a escribir la tesis es un tiempo trabajado; en muchos casos remunerado, o poco y mal remunerado; y en otros, sin remunerar. Pero en casi todos los casos un trabajo no reconocido ni por la sociedad ni por el círculo más cercano de los y las tesistas.
O bueno, está el emprendimiento. El camino que Angie y yo hemos elegido.
Pero, ¿para qué hacemos la tesis? Pues hay de todo, me imagino. Habrá gente que empalma la licenciatura con el doctorado porque no encuentra trabajo y es una manera de continuar cuatro años más si tienes la suerte de conseguir una beca, que por otra parte, cada vez está más complicado.
En mi caso y en el de Angie es vocacional. Investigar es lo que me gusta e investigar es lo que sé hacer. Y lo que hago bien. A lo que he dedicado mi vida desde 2007 y es a lo que quiero dedicarme en el futuro. Ni buscarme la vida como educadora, ni hacer unas oposiciones para despreocuparme del trabajo. Prefiero arriesgarme y apostar por lo que me gusta.
Y tomar esta decisión no va precisamente acompañado por la gran experiencia que es trabajar gracias a las becas. La vida de los y las becarias depende en su totalidad de la persona que las dirige. Es decir, si el director o directora quiere que tu vida sea un infierno lo será y no hay nada que hacer. Si la persona que dirige quiere darte una oportunidad y un impulso al terminar tu investigación la tendrás. Si no, no. ¿Por qué? Pues porque somos muchos y muchas y los puestos son pocos. Todos y todas somos competencia directa, y si hay alguna vocación que se basa en la competitividad esa es la investigación: hay cupos para todo. Para las becas, para los premios, para los congresos, para las publicaciones. Nos educamos en: “si es para ti no es para mí”. Y aún así quiero que me paguen por ser investigadora. Porque no lo quiero como trabajo, lo quiero como empleo y poder ganarme la vida con ello. Con lo que me apasiona y en un ámbito en el que puedo aportar a la sociedad.
Gracias a las últimas reformas ahora tenemos algunos meses de paro una vez de que defendemos la tesis. Dedicaré todo lo que tengo para seguir intentándolo.
Aurrera Azkorenas ConsultorAs! ¡Adelante Azkorenas ConsultorAs!