Desde hace un par de semanas estoy realizando un curso on-line sobre liderazgo y motivación. En el curso la mayoría de quienes estudiamos somos mujeres (más de veinte mujeres y tres o cuatro hombres).
Pero en el material del curso pareciera que no existimos. La alusión permanente es a “el líder” o “los líderes”. Los ejemplos son marcadamente masculinos, y hasta donde he podido llegar (voy más o menos por la mitad) solo ha habido un párrafo donde algún teórico hace referencia a los beneficios del liderazgo femenino y otro donde explican si existen o no diferencias de liderazgo según el sexo.
Digo “algún teórico” porque, siguiendo la tónica del curso, me atrevo a pensar que la abrumadora mayoría de las personas citadas en las distintas clasificaciones, teorías y ejemplos utilizados son hombres. Aunque al mismo tiempo me niego a pensar que el mundo del liderazgo sea esencialmente masculino.
Hablando en términos del curso, me “desmotiva” el hecho de que nos introduzcan en los temas del liderazgo haciendo tan evidente el uso sexista del lenguaje. Estudiamos la importancia de cuestionar, crear, actuar, participar, democratizar, etc., para ejercer un liderazgo efectivo y generar motivación para el buen funcionamiento de las organizaciones. Sin embargo, en mi opinión, cada uno de esos términos pierde el peso de su significado si no se hace evidente que quienes ejercen ese liderazgo pueden ser hombres y mujeres.
Es decir, ¿cómo cuestionar, crear, actuar, participar, democratizar, etc., invisibilizando?
Por esa razón, propongo tres recomendaciones para evitar un uso sexista del lenguaje en cursos como este, pero que quizás nos puedan servir en distintos momentos de nuestras vidas:
- En vez de utilizar la expresión “el jefe”, “el líder”, “el motivador”, etc., utilizar “la persona que lidera”, “el jefe o la jefa”, “el o la motivadora”, “líder o lideresa”… existen múltiples combinaciones.
- Llamar a las personas que citamos por su nombre y apellido, así no caemos en el androcentrismo de pensar que quienes piensan son hombres.
- No decir “el hombre” cuando se hace referencia a toda la humanidad. Las mujeres también somos parte de, actoras sociales, sujetos…
Es importante atajar el lenguaje sexista para eliminar su carácter excluyente. No es tarea fácil. Nuestras estructuras mentales se resisten a la transformación (las mías, al menos).
El lenguaje es fundamental para nuestra comunicación. Permea nuestra mente, nuestras actuaciones y sentimientos; incide en la manera en que percibimos el mundo. Por eso, si continuamos reproduciendo un lenguaje sexista ayudamos a perpetuar la invisibilidad de las mujeres.
Pero considero que pequeños pasos como las tres recomendaciones anteriores pueden marcar la diferencia entre la reproducción acrítica de este tipo de lenguaje y la conciencia de su existencia, que sería, podríamos decir, el primer paso.
Algunas guías de lenguaje no sexista (hay muchas más):
En 2005 el director Xavi Sala realizó un cortometraje de ficción de 8 minutos llamado Hiyab. El título hace referencia al nombre que recibe el velo islámico que llevan muchas mujeres musulmanas en la cabeza como símbolo religioso o identitario (ya, aquí, empieza el debate…). Según el propio director el corto pretende ser una apología a la tolerancia y no al velo islámico, realizando una obra que introduce este tema para reflexionar. Al año siguiente fue nominado a los premios Goya como mejor Cortometraje de Ficción. Esta obra cuenta con numerosos premios y menciones.
Ojalá (arabismo que significa “quiera dios”) tengáis 8 minutos para ver este corto y compartir con nosotras vuestras reflexiones. De momento comenzamos contextualizando la obra.
El cortometraje se desarrolla en un instituto público de algún lugar del Estado español y en él intervienen tres personajes: Fátima, una adolescente española y musulmana interpretada por Lorena Rosado en su primer día de clase; la directora del centro educativo interpretada por Ana Wagener, una mujer “comprensiva” y racional; y un profesor del centro interpretado por José Luis Torrijo. Ahora dadle al play y a disfrutar:
A mí este corto me sugiere muchas ideas de las que podríamos debatir: los símbolos que no han sido deconstruidos porque no se consideran “peligrosos”, como piercings, tatuajes, gorras, cintas… perteneciendo muchos de ellos a tribus urbanas con liturgias más arrolladoras que las de muchas religiones; el paternalismo feminista occidental; y los estereotipos de las mujeres musulmanas que nos llegan, sobre todo, desde los medios de comunicación.
Siguiendo a la autora Fatema Mernissi, es curioso escuchar en bocas tan diferentes la misma frase: “El feminismo no nació en los países árabes, es un producto importado de las grandes ciudades de Occidente”. Por un lado, esta frase la dice el grupo de los líderes religiosos conservadores árabes; y, por el otro, el de las feministas “provincianas” occidentales. En ambos casos, el papel de la mujer árabe queda relegado a actor pasivo, sumiso y “medio tonto” según palabras de Fatema, que se supone feliz “en la degradación organizada por el patriarcado y la miseria institucionalizada”. Los intereses del grupo de los líderes religiosos conservadores árabes son fáciles de entender, pero ¿y el de algunas feministas occidentales?
La que fue ministra del Igualdad (cuando había Ministerio de Igualdad, todo hay que decirlo), Bibiana Aído, mostró en varias ocasiones este paternalismo con las mujeres musulmanas, cuando la decisión en lo que respecta a sus hábitos y costumbres sobre la vestimenta debería recaer sobre ellas mismas, que, no sólo deben ser protagonistas de su propia vida, sino que tienen voz y la usan, como lo demuestran muchos relatos y artículos. En todo caso, el papel de las feministas occidentales, a mi modo de ver las cosas, debería consistir en empoderar a las mujeres (a todas) para que sean capaces de tomar la mejor decisión, sin dejar de ser dueñas de sus vidas.
En el cortometraje, el papel de la directora del centro es clave. Una mujer occidental, se supone que emancipada, con un puesto importante, que intenta hacer ver que una manifestación cultural elegida por una adolescente no es apropiada en un centro laico, y es incapaz de ver y de deconstruir otro tipo de manifestaciones (religiosos o no) que tiene a su alrededor. Igual no son símbolos religiosos de la manera tradicional, pero están relacionados con “religiones urbanas” que tampoco hacen libre a nuestras adolescentes y que maltratan su cuerpo, incluso lo mutilan, en nombre de la cultura del cuerpo y de la belleza, por ejemplo.
Considero que deberíamos preocuparnos por buscar espacios donde las voces de las personas que están más invisibilizadas salgan a la luz, en vez de “reñirles” por lo que hacen con sus vidas. A veces creo que no pensamos que las mujeres musulmanes sean capaces de “liberarse” y lo que es peor, las presionamos para que se “liberen” como lo hemos “hecho” nosotras en occidente (datos sobre el sexismo en el sistema educativo español que deberían hacernos reflexionar sobre nuestra propia liberación), y nos olvidamos de que ¡LAS MUJERES MUSULMANAS HABLAN!
De hecho, la palabra ha sido la mejor herramienta que las mujeres musulmanas han encontrado para dirigirse al mundo, para que el mundo les oiga. Escrita o hablada, es igual. La palabra es lo que vale y lo que adquiere un significado relevante cuando proviene de las propias actoras del hecho narrado. Ellas hablan de su pasado, de su presente y sobre todo sueñan con el futuro (por ejemplo las autoras del libro Escritoras Árabe: Nawal El Saadawi, Liana Badr, Ibtihal Salem, Daisy Al-Amir, Emili Nasrallah, Sharifa Al-Shamlán, Salwa Bakr, Hanan Al-Shayj, Layla Al-Uzmán, Leïla Houari, Alifa Rifaat). De sus relatos se desprende que les gustaría que su destino, además de depender de la voluntad de Allah dependiera también de ellas. Sus reivindicaciones son categorizadas como progresistas, aunque tal vez en realidad no se trate más que de puro humanismo. Valores como los de respeto, igualdad, justicia son los que ellas defienden para sí mismas, probablemente junto con otro tipo de ideales de corte más bien conservador, como la familia, la religión, etc. Sea lo que fuere, bienvenido sea. No todas las mujeres musulmanas viven de igual forma el Islam, pero todas sin excepción quieren ser dueñas de su vida. ¿Alguien lo puede poner en duda?
Además de todos los relatos de mujeres musulmanas que podemos encontrar, el movimiento feminista también existe en el Islam. La mujer musulmana encuentra más que nadie razones para luchar por su libertad; para luchar contra la imagen estereotipada que de ella se ofrece en occidente por gracia y obra de los medios de comunicación. Han conseguido que la situación que tradicionalmente han vivido haya ido cambiando y evolucionando progresivamente hacia formas más respetuosas, más contemporáneas, donde sus derechos como personas y mujeres están empezando a ser respetados.
Hoy en día muchas mujeres utilizan el velo islámico como símbolo de emancipación. Consideran el velo como una opción más que las mujeres en la adolescencia pueden elegir porque en su cultura y en su religión el cuerpo ha de permanecer oculto ante los ojos de los hombres. El cuerpo no les pertenece, pertenece a Dios y el velo les dignifica como personas y no como cuerpos. Esta última frase nos debería hacer reflexionar sobre cómo tratamos y quién decide sobre el cuerpo de las mujeres en nuestras culturas laicas (de nombre, claro) y occidentales.
Si en otras entradas del blog he defendido que la identidad nacional es una cuestión subjetiva cuando observo el comportamiento de la diáspora vasca, ¿quién soy yo para decirle a otra mujer cómo ser musulmana y cómo debe vestir? La clave, bajo mi punto de vista, es tratar a todas las mujeres como personas adultas empoderándolas para que la manera de vivir que tienen sea una opción y una decisión libre tomada por ellas mismas.
Hace algún tiempo me vengo preguntando sobre la existencia o
no de un movimiento feminista en Cuba. Algunas evidencias he encontrado sobre
agrupaciones de mujeres que actualmente trabajan de manera independiente y
algunas tesis tengo sobre el tema. Pero para comprender esta realidad y la(s)
situación(es) de las mujeres en el país, hay que ir un poco más atrás.
Es de sobra conocido que la revolución de 1959 significó un
punto de ruptura en la historia cubana. Antes del triunfo revolucionario
existía un movimiento feminista, cuya evidencia está recopilada en
investigaciones de historiadores e historiadoras que se han dedicado a seguir
las huellas de la lucha por la resistencia y la liberación de las mujeres en
Cuba (ver: http://feminismocuba.blogspot.com.es/).
De hecho, hace pocos días, el 1 de abril, se conmemoraba el 90 aniversario del
Primer Congreso Nacional de Mujeres de Cuba. Uno de los temas principales del
Congreso, como era de esperar en 1923, era el del sufragio femenino.
Considero que el movimiento de mujeres, del que formó parte
ese Primer Congreso, se convirtió en la base social para los cambios tan
profundos que traería el impuso revolucionario de 1959 en relación con las
mujeres. Temas relacionados con la incorporación de las mujeres al mercado
laboral, la familia, la igualdad de derechos, etc., fueron incorporados a los
cambios revolucionarios que se sucedieron en Cuba en la década de 1960. Sin
embargo, fue la misma revolución, con su amplitud y profundidad, la que
sentenciaría al movimiento feminista cubano.
Me explico. Con el triunfo de la revolución se produjo un
proceso de reinstitucionalización de las organizaciones de la sociedad civil,
el que desembocaría en un partido político único, una organización universitaria
única, una organización de jóvenes única… y una organización de mujeres única:
la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), fundada en 1960. Se suponía que cualquier
demanda femenina, feminista, de mujeres, debía ser canalizada a través de las
instancias oficiales de la FMC. Como dato decir que la FMC estuvo dirigida por la
misma persona, Vilma Espín, desde su fundación y hasta la muerte de esta en
2007.
La FMC pudo ser muy revolucionaria en sus inicios, como lo
fue también la revolución antes de convertirse en La Revolución Cubana. Pero
con el paso del tiempo, la falta de cambios, la rigidez institucional, la
implantación del pensamiento único, la FMC se convirtió en una organización
tradicional y conservadora.
Y más allá de la FMC, la propia institucionalización de los
cambios sociales ha fracasado al no revertir la situación de desventaja social
de las mujeres en Cuba a 54 años de la revolución. Porque los cambios fueron,
sobre todo, de organización, pero no de mentalidad. Por poner solo un ejemplo,
la incorporación de las mujeres al mercado laboral tuvo muchos significados
positivos, pero no significó la incorporación de los hombres al trabajo
reproductivo, que continuó y continúa en manos de las mujeres.
Antes de la crisis de principios de la década de 1990 Cuba
contaba con una red de escuelas infantiles y de centros para personas adultas
que matizaba esta realidad. Pero la crisis puso en evidencia una problemática
que no había desaparecido y que se agudiza por el proceso de envejecimiento
poblacional. El tema del trabajo reproductivo continúa sin apreciarse en su
justa medida más que por los y las especialistas que se implican en su
denuncia.
Algo similar ocurre con la violencia hacia las mujeres.
Siempre recuerdo un dicho muy común en Cuba: “entre marido y mujer, nadie se
puede meter”… La cultura del silencio impera. También en materia de violencia
machista.
Uno de los ámbitos de lucha más importantes de las mujeres es aquel relacionado con el reconocimiento de la centralidad del trabajo reproductivo. Se destaca que este tipo de trabajo es tan importante como el trabajo productivo -de bienes y servicios- para la reproducción de las sociedades, y como tal debe ser debidamente visibilizado y valorado.
El trabajo reproductivo es aquel trabajo tradicionalmente no remunerado y que comprende las actividades de cuidado de personas mayores, personas dependientes, y de niños y niñas, así como las tareas habitualmente entendidas como trabajo doméstico. Un tipo de trabajo históricamente realizado por mujeres de manera gratuita.
¿Pero qué pasa cuando este trabajo gratuito se convierte en trabajo remunerado? Los hechos demuestran que continúa siendo un trabajo feminizado e infravalorado. De ahí la importancia que tiene el poner en su justo lugar el trabajo reproductivo, y sobre todo, a aquellas trabajadoras de hogar que cubren las labores de cuidado que el Estado de Bienestar, en retirada, no es capaz o no ha querido ser capaz de asumir.
Si evaluamos el tema del trabajo reproductivo bajo el prisma de la igualdad, la realidad indica que este tipo de trabajo, ya sea de manera gratuita o remunerada, continúa siendo un trabajo feminizado. La creciente incorporación de las mujeres al mercado de trabajo y la incidencia del discurso de la igualdad no han sido suficientes para que en el Estado español las labores domésticas y de cuidado se repartan de manera equitativa entre mujeres y hombres.
En este contexto, fuera del marco de las discusiones feministas y de los estudios de género, no se ha desarrollado un debate profundo sobre la importancia del trabajo reproductivo. Hace solo un año se aprobó una nueva normativa relacionada con el trabajo de hogar, la que ha dado nuevas coberturas en seguridad social, y que regula las condiciones laborales de las trabajadoras. Pero con importantes carencias.
Por un lado, ¿cómo revalorizar el trabajo de hogar si sigue siendo considerado un trabajo de segunda? Por ejemplo, la ley no contempla para las trabajadoras de hogar el derecho a prestaciones por desempleo; una determinación que precariza el trabajo de hogar desde la propia legislación.
Por otra parte, la nueva normativa no ha sido tomada con la merecida seriedad por las propias autoridades. Antes de que transcurriera un año de su puesta en marcha ya se realizaba su primera revisión –apresurada, según la visión de las expertas-. Uno de sus puntos, la reducción de los tramos de cotización, está claramente enfocado a cubrir los objetivos recaudatorios del Estado, más que a beneficiar a las trabajadoras de hogar. El resultado esperado de esta modificación es que las trabajadoras contratadas tendrán que pagar alrededor de tres cuartas partes más de lo que pagaban a la seguridad social, con lo que un aumento de cuotas significa para un salario ya precario e insuficiente.
En resumen, considero que el reconocimiento de los derechos del sector del trabajo de hogar pasa por una revalorización de lo que el trabajo de hogar significa para la reproducción de la sociedad. La propia posibilidad de existencia del trabajo productivo depende de las capacidades de las familias para gestionar el trabajo de hogar. Por esta razón, porque no se trata de elementos disociados, el Estado tendría que tener una mayor responsabilidad, sobre todo con lo que a tareas de cuidado se refiere. ¿Hasta cuándo el peso del trabajo reproductivo seguirá cayendo sobre los hombros de trabajadoras precarias, infravaloradas e invisibilizadas, sobre los hombros de las mujeres? Esta, creo que es una pregunta de justicia social.
El jueves y el viernes pasados, Nerea y yo estuvimos en unas jornadas organizadas por Hegoa. Las jornadas eran sobre cooperación al desarrollo y feminismo. Las ponencias súper interesantes y las jornadas en general, buenísimas.
Pero en medio de los debates surgió una noticia, o dato, no sé muy bien cómo llamarlo, que creo que nos dejó perplejas a la mayoría de las personas que estábamos en la sala. Bueno, por lo menos a mí me ha costado más de 24 horas recuperarme. Y es que la agencia ONU-Mujeres no se gasta el dinero que tiene. O lo que es lo mismo, le sobra el dinero. Pero como el dinero no sobra, buena parte de ese presupuesto se va a tener que devolver a aquellos que lo donaron o, sencillamente, se va a perder.
Como si en este mundo no hubiese proyectos necesitados de recursos, buenas ideas que no se pueden concretar porque no tienen el amparo de nadie, mujeres con sus familias que no tienen ningún sustento… y así podríamos seguir con las enumeraciones hasta la infinitud.
Pero:
¿Qué es ONU-Mujeres? ONU-Mujeres es la entidad de las Naciones Unidas para la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres. O sea, trabajo por hacer hay… y muchísimo.
¿Quién dirige ONU-Mujeres? La directora ejecutiva de ONU-Mujeres es Michelle Bachelet, quien se convirtió en la primera directora ejecutiva de la agencia inmediatamente finalizado su mandato como presidenta de Chile, en 2010. Del gobierno de Michelle Bachelet puedo decir que fue incapaz de poner en el debate público el tema de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en un país gobernado, sobre todo, por la moral conservadora (aunque muchos me dirían que soy injusta al opacar su figura con un “tema menor” cuando hizo tantas cosas buenas en sus cuatro años como presidenta).
En el contexto actual de recortes, escasez de recursos allí donde se mire, crisis global, sistémica o lo que sea, hay una agencia de la ONU a la que el presupuesto que tiene le viene grande. Estamos hablando de una agencia menor, con un presupuesto muy bajo. Ni siquiera es una de las agencias medianas de la ONU. Entonces ¿qué es lo que sucede en ONU-Mujeres? Yo no tengo la respuesta. De hecho, estoy llena de dudas. Así que, por favor, si alguien tiene más datos, información para rebatir estas palabras o por lo menos un discurso de consuelo, bienvenido sea.