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domingo, 15 de junio de 2014

Una antropóloga estudiando idiomas y su rol de “perro de presa”

Por Nerea Azkona

Cuando estudiamos un idioma estamos obligados a participar en el mismo espacio y tiempo con un grupo de personas con las que, en muchas ocasiones, no tenemos nada en común. Pero no sólo compartimos tiempo y espacio, también conversaciones y por supuesto opiniones, sugerencias, posibles soluciones e ideas (muchas de ellas de bombero, pero eso es otro tema).

Hoy he mirado el informe de las horas que he ido a lo largo de mi vida a algún euskaltegi (tipo de academia en la que se estudia euskera). Sin duda, son más de las que he invertido para pensar, hacer, escribir y corregir mi tesis. Y las que me quedan… Pero hoy el tema no es ese (aunque bien daría para un post o para una terapia psicoanalítica buscando las neurosis relacionadas con dicha práctica…).

Queda sólo una semana para examinarnos. Con este grupo en concreto llevo desde octubre más de cuatro horas al día juntos. Es decir, durante este último año mis compañeros y compañeras han sido las personas con las que más he hablado de todo tipo de temas, incluidos algunos de los que nunca se me habría ocurrido hablar con nadie de manera natural.

Pero, ¿qué sucede cuando una nos relacionamos una media de cuatro horas al día un grupo de personas con todo tipo de perfil personal y laboral?

No sólo me estoy refiriendo a la experiencia de este último año. Desde 2002 he coincidido con muchísimas personas. Con algunas he hecho amistad (y muy buena) y con otras he discutido a muerte en conversaciones tremendamente frustrantes, ya que hacerme entender en un idioma que no domino es una de las peores sensaciones que he vivido en cualquier tipo de academia.

Cuando estudiamos un idioma hay que trabajar la competencia oral y escrita, además de la gramática y el vocabulario. Tanto en el examen de la competencia escrita como en la de la oral, a la hora de su preparación en los centros, salen a colación un montón de temas que hay que ir tratando a lo largo del curso (normalmente controvertidos para que la gente tenga algo que decir). Por ejemplo: tipos de familias, la inmigración, el papel de las mujeres en el mundo laboral y familiar, el aborto o la eutanasia.

Pues bien, no se aceptan opiniones racistas, homófobas ni machistas. Normal, ¿no? Pues sí, debería ser así, pero en mi experiencia en diversos euskaltegis a lo largo de mi vida en ocasiones me he sentido como un bicho raro que tenía opiniones raras, y lo peor de todo, me he ganado la fama de “gresquera”, extremista y loca al intentar defender opiniones cercanas a la igualdad, la interculturalidad, el respeto a cualquier inclinación sexual o el derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo.

¿Y por qué? Pues porque cuando oigo comentarios en voz alta en momentos dedicados a la conversación grupal tengo que oír cosas como: “los inmigrantes tienen más derechos que nosotros” o “las mujeres no están en puestos de responsabilidad porque igual no quieren ascender” o “es normal que a las mujeres se les toque el culo un sábado”, entre otras lindezas.

En muchos casos no entro al trapo, ya que es muy difícil hacer entender a una persona (en un idioma que no es el de ninguna de las dos) que sus opiniones están basadas en estereotipos, prejuicios o rumores y que en general habla a partir de topicazos que podrían ser desmontados en un momento por una persona con un mínimo de bagaje y de sensibilidad en temas sociales. Y no estoy hablando de personas dedicadas a la academia. Me refiero a personas con un mínimo de civismo.

Y claro, cada vez que algún compañero o compañera suelta alguna de estas perlitas el resto de la clase mira hacia mi rincón esperando una reacción. El problema es que en algunas ocasiones hay personas que están deseando que reaccione a dichos comentarios y me siento un poco mono de feria o perro de presa. ¡Y no me gusta mi rol!

Si dejo pasar los comentarios me da ardor de estómago y si respondo me ponen la típica cara de "ya está la tía esta con sus investigaciones y sus chorradas”, además de la frustración que produce intentar hacer ver una realidad que conozco para que me traten de iluminada.

En definitiva, no sé cuántos años de euskera me quedan en mi vida (y los de inglés, en los que pasa más de lo mismo) pero a estas alturas del cuento sé decir perfectamente la siguientes frases: “el género es una construcción social”, “eso es cultural no biológico”, “¿y los derechos humanos?”, “violencia estructural y sistémica”, “¿qué es lo normal?” y así una serie de frases, que dependiendo del tema a debatir, uso al cabo de la semana más de seis o siete veces.


Miedo me da el tema que nos pondrán en el examen oral y la reacción del o la compañera con la que me toque tener una discusión, ya que el hecho de que no sean admisibles las actitudes y comentarios acabados en “istas” no me produce ningún consuelo, porque con un “pero” y hacer una frase subordinada se soluciona.

domingo, 28 de julio de 2013

Tercer “ismo”: Racismo

Por Angie Larenas

Las razas no existen. Somos parte de una única raza humana sin suficientes diferencias como para que pueda hablarse de distintas razas. Eso sí, somos culturalmente diversos/as, coloridos/as, dispares…

Aquellas personas a quienes se suele nombrar como “de color” son negras. Llamar “de color” a una persona negra, en mi opinión, es reproducir una connotación racista. Yo soy de color… Hasta donde sé este “marrón” que llevo en la piel no es un no-color.

¿Pero por qué nos cuesta tanto entender cosas tan simples? ¿Faltan explicaciones, falta interés, falta pensamiento crítico?

La teoría sobre las razas se construyó para justificar la esclavitud de personas negras. Siglos tardamos en darnos cuenta de que era una falacia y siglos estamos tardando en barrer del imaginario social toda su herencia de connotaciones racistas. 

Desde los típicos “chistes” (que a veces no es fácil darse cuenta de que no son chistosos, sino degradantes, como los chistes sexistas), hasta la reproducción de estereotipos (como los sexuales) y de frases cotidianas (como aquella frase del futbolista camerunés Samuel Eto’o, que dijo algo así como: “corro como negro para cobrar como blanco”), son parte de una ideología racista que cree que existen humanos/as inferiores y superiores, y que la superioridad la define el color de la piel.

Nuestro mundo está construido teniendo como paradigma del éxito al “hombre-blanco-adinerado”. Todo aquello que escapa a ese paradigma produce desconfianza, y la produce porque tenemos demasiado interiorizadas aquellas connotaciones racistas que sobrevivieron a la teoría sobre las razas. 

Por eso, que una mujer-negra-migrante ocupe un puesto de poder en Europa despierta los recelos de sus contrincantes, quienes se ven con la legitimidad para agredirla, como le está ocurriendo a la Ministra de Integración italiana, Cécile Kyenge. En diferentes momentos y por parte de distintas personalidades políticas, al parecer, todos del partido la Liga Norte, se ha utilizado el color de la piel de la Ministra, el hecho de ser migrante y de ser mujer, para denigrarla, a ella y a su trabajo.

A través de esta entrada reivindicamos el derecho de Cécile Kyenge y de cualquier otra persona a ocupar un cargo público independientemente de su color de piel, del hecho de ser migrante y de ser mujer. Sirva, además, para reflexionar sobre aquellas frases racistas que reproducimos a diario, sobre cómo nos relacionamos y cómo queremos hacerlo. Sobre la necesidad de defender la tolerancia y, más allá de esta, la aceptación.

domingo, 23 de junio de 2013

Segundo “ismo”: el sexismo en las instituciones educativas

Por Nerea Azkona

El sexismo es un mecanismo de poder que ejerce un colectivo humano sobre otro por razón de su sexo. Victoria Sau en su obra Diccionario Ideológico Feminista de 2002 lo define como el conjunto de métodos empleados en el seno del patriarcado para poder mantener en situación de inferioridad, subordinación y explotación al sexo femenino.

Esta discriminación por razón de sexo abarca todos los ámbitos de la vida, y de forma muy concreta el educativo, esfera en la que se reproducen y enseñan roles de género y donde muchas discriminaciones están institucionalizadas (las sexistas y las racistas, por ejemplo).

Reflexionemos sobre algunos datos en el Estado español:

1. Los cargos de responsabilidad, representativos y de decisión en manos de mujeres.

La enseñanza es uno de los sectores más feminizados. A pesar de que la proporción de alumnas va aumentando, sobre todo en el ámbito universitario, la cantidad de profesoras disminuye en los ciclos superiores y en los cargos jerárquicos mejor remunerados.

a. Cuanto más alto es el nivel educativo (estudios secundarios y universitarios); menor proporción de presencia femenina en los puestos de dirección (directoras, rectoras, decanas,…)

En Educación Infantil y Primaria, la que abarca desde los 3 a los 12 años, las mujeres representan el 77% del profesorado, pero sólo el 45% de ellas son directoras de los centros educativos. En secundaria (Educación Secundaria Obligatoria (ESO) más Bachiller), el 53% de la plantilla son mujeres, pero sólo hay un 25% de directoras.

Del mismo modo, observamos que las Inspectoras Educativas, no llegan al 25%. Además, el Consejo Escolar del Estado sólo cuenta con un tercio de mujeres entre sus miembros.

En la Universidad las mujeres son el 54% del alumnado; sin embargo, sólo representan el 35% del personal docente y tan sólo el 13,8% son catedráticas.

b. La representación de las mujeres en los equipos de dirección no es proporcional a su presencia como docentes en todos los niveles educativos.

Los hombres estaban en 2004, en mayor medida, al frente de la dirección de los centros, de la jefatura de estudios y de las Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos (AMPA). Como dato curioso hasta hace muy poco esta asociación, a pesar de la participación residual de los padres, se llamaba APA (Asociación de Padres de Alumnos). Hace algunos años que se incorporó en el nombre el colectivo que ha llevado esta asociación durante mucho tiempo a pesar de no estar en la dirección en multitud de casos.

2. El estudio de carreras vinculadas al ámbito de la reproducción y del cuidado.

Según los datos de la Estadística de la Enseñanza Universitaria en España, del INE, durante el curso 2010/2011 se matricularon 1.455.885 de alumnos/as en estudios universitarios de grado y de primer y segundo ciclo, lo que supuso un 3,1% más que en el curso anterior. De esta cifra, 785.157 eran mujeres, lo que representó el 53,9% del total.

Del mismo modo, un total de 220.583 alumnos/as completaron sus estudios universitarios en 2011, de los cuales, el 58,6% eran mujeres.

Tradicionalmente las jóvenes han optado (¿libremente?) por estudios relacionados con profesiones consideradas femeninas. En este sentido:

- Existe una mayor presencia de mujeres en la Formación Profesional (FP) de las ramas administrativa, sanitaria, asistencia a personas dependientes, turismo, peluquería…

- La proporción de mujeres en estudios superiores universitarios como Magisterio, Enfermería, Trabajo Social, Medicina… es mayor que en carreras técnicas.

Ante esto, nos podemos preguntar:

- ¿Existe una relación entre la orientación y la motivación que han recibido las mujeres en las escuelas o se han tenido en cuenta, exclusivamente, sus capacidades a la hora de orientarse hacia estas profesiones?

- ¿Podrían las niñas, adolescentes y jóvenes estar siendo condicionadas por otros elementos como los roles de género y los estereotipos?

3. La brecha salarial de género y su relación con el nivel de estudios.

La brecha salarial de género se define como la diferencia relativa que existe en la media de los ingresos brutos por hora, de mujeres y hombres, en todos los sectores de la economía. Por término medio, las mujeres de toda Europa ganan alrededor de un 17% menos que los hombres. En el Estado español el dato se eleva a un 22%.

Si relacionamos la brecha salarial de género con la variable nivel de estudios, se pone de manifiesto que la diferencia salarial aumenta conforme la preparación de la empleada es mayor.

Así, mientras el porcentaje de la diferencia en personas sin estudios o con educación secundaria es del 17,7% y del 25,3%, respectivamente, esta cifra es mayor en el caso de personas con una titulación de formación profesional de grado superior (26,7%) o con licenciatura universitaria o doctorado (30,3%).

Como se dice por estos lares: ¡Jódete y baila!

Para saber más:



Las Mujeres en el Sistema Educativo II. IFIIE e Instituto de la Mujer. 2009.

Estadística de la Enseñanza Universitaria en España del Instituto Nacional de Estadística (INE)


domingo, 26 de mayo de 2013

El primer “ismo”: Elitismo en la Universidad

Por Nerea Azkona

Nos encontramos ante la primera entrada de cinco con el título de “ismo”. Dicen que las palabras que acaban en “dad” hacen referencia a conceptos, como multiculturalidad; mientras que las que lo hacen en “ismo” son más ideológicas, por ejemplo multiculturalismo.

A pesar de esta diferenciación, los términos que van a protagonizar estos post son de otro tipo y están relacionados con el abuso de poder por distintas razones:

  •     Clase => clasismo
  •     Raza => racismo
  •     Sexo => sexismo
  •     Influencias => clientelismo
  •     Estatus => elitismo

Hoy comenzamos por esta última contextualizada en el ámbito universitario.
He vivido situaciones en las que he sentido cierto elitismo en la Universidad. ¿En base a qué? A que se considera a unas personas por encima de otras dependiendo del estatus que ocupan. Este elitismo puede acabar dividiendo a la población universitaria (de posgrado relacionada con la investigación) en estudiantes-investigadores/as de “primera” y de “segunda” categoría.

Hablo desde mi experiencia, pero he coincidido con muchas personas de diversos países en mi contexto universitario y creo que puedo decir que en cualquier universidad del mundo hay cierta jerarquía medieval relacionada con el estatus que nos recuerda a la pirámide de la sociedad estamental característica del Antiguo Régimen europeo. Esta sociedad estaba dividida por el estatus y conformaba una pirámide. En su vértice superior se encontraba el Rey, a este ser le seguía la nobleza (alta y baja) y detrás estaba el clero (éste a su vez se subdividía en alto y bajo). La base de la pirámide, donde se amontonaba la mayoría de la gente, era la plebe o el pueblo, a las que denominaban así porque eran personas sin privilegios (eran las únicas que pagaban impuestos, por ejemplo).

A partir de esta descripción voy a desarrollar la pirámide universitaria en el que participamos y la que reproducimos.

En el vértice superior, el (y digo el) Catedrático. Si acaso, la Catedrática detrás, a la sombra.

Después el profesorado de la plantilla. Dentro de este escalafón está el/la titular, el/la adjunto/a, el/la asociado/a, el/la doctor/a-contratado/a,… vamos, un montón de puestos que nos recuerdan cuál es nuestro lugar.

¡Ojo!, si aún existiera el caso de alguna persona de las anteriores que no haya obtenido aún su doctorado, pobre de él o ella. Será el último mono y le pasará por encima (en cuestión de estatus) cualquier persona (incluidos los/as mendrugos/as) que hayan obtenido su título de doctor/a.

En términos de estatus, convertirse en doctor/a es un rito de paso muy importante. A pesar de que no hay cambios físicos (como cuando una mujer es madre, que el rito es físico y el cambio trascendente) el día de la defensa de la tesis (que no el día en que se deposita ) algo cambia en la mirada de la gente que nos rodea. Entramos en El Club. Formamos parte de “algo” en lo que antes no podíamos entrar. Y nos lo hacen saber. Y por ello, muchas defensas son tremendamente duras. Hay que marcar diferencias. Y sí, vamos a entrar en El Club, pero vamos a sufrir un poco todavía que somos licenciados/as o master.

Siguiendo la lista, después del profesorado contratado está el eventual y el visitante y, tal vez, los/as becarios/as post-doctorales. Especímenes difíciles de etiquetar, porque son doctores, pero siguen siendo becarios, lo que les quita estatus. En ningún momento estamos hablando de capacidades. Nadie niega que alguien que se encuentre en la parte de abajo de la pirámide tenga mucho más talento que “un noble conde”.

Después de estas personas está la gente que no da clase. Sí, en la universidad, existe ese rol, que no es otro que el de los/as investigadores/as. Perdón. Investigadores/as pre-doctorales. Hay que marcar distancias. Y no hay que perder la oportunidad de decirle a alguien gracias al nombre de su cargo si ha entrado en El Club o no.

Bueno, antes que estos están los/as investigadores/as contratados/as, que en su mayoría son doctores/as, pero que suelen tener contratos a fin de obra o de proyecto. Son pocos, muy pocos. No son becario/as, pero no son plantilla. Y lo que no son, y tiene que quedar bien claro, es profesores/as. Y que nadie se equivoque. Se les mira con desdén por los/as que están por arriba y por los/as que están por abajo. Esta pobre gente vive a la defensiva.

Luego, sí, los/as pre-doctorales. Estos/as pobres. Pero, cuidado, no son los/las que peor están. Existen los/as doctorandos/as sin beca. A estos ya no se les tiene ni en cuenta (a no ser que sean de una nacionalidad “atractiva” que pueda darles algún que otro punto). Estos/as no tienen reconocimiento, pero están en mejor situación (y me refiero a los juegos de poder) que los/as pre-doc, ya que no dependen de la firma de nadie para hacer nada, porque no hay contrato entre medio. Es decir, a nivel de estatus están por debajo pero a la hora de la verdad son mucho más libres que los que están inmediatamente por encima en la torre del elitismo.

Por último, y dentro de la “nobleza” aún, los/as postgrados. Es decir, la gente que está estudiando master y que desarrolla su tesina.

Detrás de estos “la plebe” del conocimiento. Es decir, todos/as los/as estudiantes de grado. El alumnado propiamente dicho, que son los/as primeros/as que siguen reproduciendo este sistema carca y medieval.


Bueno, primera realidad acabada en “ismo” que he vivido en persona inspirada en el desdén de algunas miradas y en lo poco apropiado de muchos comentarios que he tenido que oír a lo largo de mi vida académica.
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